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Una Navidad sandunguera: la Nochebuena limeña en el siglo XIX
lunes, 24 de diciembre de 2007
Lima sandunguera
La celebración del nacimiento del Salvador es siempre motivo de una entrañable reunión familiar. Aunque estemos a varios kilómetros de distancia, todos procuramos llegar a nuestro hogar el día 24 para, con nuestros familiares, escuchar la Misa del Gallo o rezar juntos frente al misterio y cantarle villancicos a la imagen del Niño Dios, que el más pequeño de la casa coloca en el pesebre a las doce de la noche. Las costumbres han ido cambiando con el tiempo, y así, esta vivencia íntima y familiar de la llegada del Redentor al mundo forma parte de nuestra reciente historia republicana. No sabemos con exactitud cuándo esta fiesta se tornó hogareña, pero sí está claro que la Lima de mediados del siglo XIX festejaba esta fecha de modo muy distinto.



Entre las diversas fuentes históricas a las que recurrimos para conocer la vida cotidiana del Perú decimonónico, están los relatos de los viajeros extranjeros. Ellos tomaron más notas de aquella realidad peruana que veían por primera vez, y, sobre todo, de la Ciudad de los Reyes que seguía siendo virreinal a pesar de haber llegado a la República varias décadas antes.

Siendo fiel a sus relatos, podemos decir que en la Lima de mediados del XIX la Nochebuena era una fiesta religiosa que se vivía fuera de las casas, en la Plaza Mayor, con tiendas, ferias y mesas de comida, en medio de un gran bullicio y de una gran alegría popular. La celebración navideña se iniciaba el 24 de diciembre al caer la noche, cuando grupos de negros, antorcha en mano, recorrían bailando las calles centrales de la ciudad: “...la multitud formaba un círculo, al centro del cual comenzaban danzas sin nombre, al son de una orquesta diabólica; los bailarines estimulados por la esperanza de una retribución, se entregaban a sus violentos ejercicios con una furia sin igual...” Muchas veces estas manifestaciones de alegría terminaban en peleas entre bandos de danzantes, con gran satisfacción de los espectadores.

Conforme se acercaba la media noche, la población en masa se dirigía hacia la Iglesia Matriz. El viajero francés Max Radiguet nos dice: “La muchedumbre afluía por todas las calles contiguas. Como un enjambre de mariposas dispersas por un accidente, mujeres rozagantes y coquetas, luciendo a la vista los más violentos matices del raso y de la seda, coloreaban la vasta plaza y convergían todas hacia la Catedral (1856)”. En realidad, eran muchas las iglesias de Lima que celebraban esta misa pasadas las doce de la noche.

Luego del oficio litúrgico, la población se dirigía a la Plaza Mayor. El chileno José Victorino Lastarria quedó impresionado de la Navidad limeña el año 1850, y al respecto afirmaba: “Celébrase esa noche el nacimiento del Salvador con una feria en la plaza principal. Toda ella se rodea de mesas y armazones que contienen comestibles, bebidas, géneros, pañuelos, cristales, lozas, juguetes y cuanta chuchería acarrean sobre la América los franceses y alemanes”. Si bien el ambiente festivo era característico de la vida en la capital, la celebración navideña en particular era uno de los momentos en que todos los grupos sociales se interrelacionaban, al margen del carácter estamental heredado del período anterior: “Allí van todos a refrescar, blancos y negros, altos y chicos... En el resto de la plaza se pasea el pueblo, es decir, todas las clases de Lima: la algazara señala a los negros y cholos, que entonces son iguales de hecho a los caballeros y señoras con quienes se entreveran y rozan”.

En medio de este jolgorio, de las risas, conversaciones y de contagiantes músicas, los protagonistas principales eran los vendedores ambulantes, quienes convertían la Plaza Mayor en una auténtica barahúnda al ofrecer sus productos: los vendedores de lotería, de refresco, de chicha, de bizcochos, las mistureras, los tamaleros y un sinfín más de “mercachifles” (conocidos con ese nombre desde la época virreinal) llenaban el espacio con sus mesas, bandejas y pregones. “Los cocineros al aire libre se multiplicaban para distribuir a los concurrentes platos nacionales envueltos en pancas de maíz”, de tal manera que al día siguiente la Plaza estaba cubierta de cientos de hojas verdes, a decir de Radiguet, como si se hubiesen desprendido de los árboles en una típica tarde de otoño.

La fiesta continuaba toda la madrugada. Al amanecer, los gallinazos se disputaban los restos de comida a lo largo de los braseros aún humeantes. La Plaza Mayor de Lima descansaba del bullicio. La Nochebuena limeña, religiosa y sandunguera, había terminado.

Fuente: artículo publicado en el suplemento SEMANA, del diario El Tiempo.
por la Dra. Elizabeth Hernández García, catedrática de la Universidad de Piura.

 
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