Patrimonio Cultural
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{mosimage}Ephraim George Squier (1821-1888)

Autodidacta, periodista y diplomático norteamericano, realizó contribuciones importantes al estudio de arqueología y etnología de las Américas. Realizó excavaciones y exploraciones en Ohio (EEUU), Guatemala, Nicaragua, Honduras Y Perú.

De 1863 a 1865 fue Comisionado de los Estados Unidos en Perú, exploró e hizo un mapa de la ciudadela de Chan-Chan. Sus investigaciones fueron publicadas en 1877 en un volumen titulado "Peru: Incidencias de Viaje y Exploration en la Tierra de los Incas".

En este libro hace una descripción de los restos arqueológicos de la Fortaleza de los Colli, su emplazamiento y sus murallas, que transcribimos a continuación:

Ephraim George Squier
"Un Viaje por Tierras Incaicas"
Cap. V "Ruinas en las cercanías de Lima"

"En el valle del río Chillón, a 16 kilómetros al noroeste de Lima, hay una fortificación similar en diseño y propósito a las fortalezas de Calaveras y Quisque en los valles de Casma y Nepeña, que describiremos más adelante. Está situada en la hacienda Collique, cerca del camino al Cerro de Pasco, que cruzamos en nuestro descenso hacia las ruinas.
Los restos tienen la forma de un óvalo irregular y sus líneas se adaptan al contorno de la colina, que tiene unos 150 metros de altura.

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El área tiene un diámetro mayor de 457 metros. Los dos muros exteriores junto a los dos de sostén de la entrada están hechos de piedras toscas, sin cemento; el tercero y último está hecho de piedras cuidadosamente asentadas en arcilla tenaz, tiene una altura de 4,3 metros y está alisado verticalmente. Hay varios grupos de edificios de adobe muy desmantelados.

Después de pasar la cuarta pared, a la entrada llegamos a una extensa área llana, que he designado como la Plaza y que está rodeada parcialmente de terrazas revestidas de piedra; después de atravesarla llegamos a una empinada escalera, cortada principalmente en roca sólida, que lleva hasta la cima de la colina. Aquí se encuentran el terre-plein casi llano y sin piedras y la torre redonda o ciudadela.

{mosimage}En la base de la colina, a la derecha, hay un grueso muro de adobe que cruza el valle y el camino al Cerro de Pasco y lleva a otra y hasta cierto punto similar colina fortificada en el lado opuesto del valle (clara alusión al epimural que aún podemos ver en la Urb. Tungasuca).

En la hacienda Arriaga, a unos 4,8 kilómetros al noroeste de Lima, sobre el camino que conduce al valle del río Chillón, hay una extensa ruina, de una de cuyas partes proporcionamos un plano. Estos restos forman parte de un gran conjunto, del que son los mejor conservados, y están situados en el flanco de una colina o promontorio importante que se proyecta en el valle que dominan, además de ofrecer una espléndida vista del puerto del Callao.

Esta colina tiene una altura de unos 76 metros y las ruinas se encuentran, tal vez, a un tercio del camino cuesta arriba. En la parte más empinada de la colina el muro exterior está reforzado por otros dos de menor altura. En el lado opuesto de la colina hay un ancho valle arenoso que sube a gran altura hacia las montañas y está cubierto de restos. Al parecer se lo cultivó en buena parte mediante una acequia abierta en la colina a lo largo de 140 metros aproximadamente.

Los vestigios del túnel, ahora derruido y obstruido, resultan patentes y están situados aproximadamente a 90 metros hacia la izquierda de las obras. Los restos se distinguen por tener varias puertas bajas que atraviesan los muros, además de las que están abiertas.

Las "clases inferiores", los "hacheros y aguadores", en el Perú como en cualquier otra parte recibían al morir un trato semejante al que se les daba en vida. Eran arrojados en hoyos hechos en la arena nitrosa de la costa o en las grietas de las rocas en medio de las montañas, con tan escasos bienes personales para sus andanzas en un mundo futuro como los que sus propios medios limitados o los de sus humildes amigos podían proveerles.

{mosimage}Escasas y toscas son las reliquias que se encuentran junto a estos marchitos restos: una calabaza o cantimplora; tal vez una copa tallada de madera, con amuletos o talismanes; extrañas piedras a cuyas peculiaridades naturales la mente supersticiosa rendía reverencia; una herramienta de trabajo y tal vez algún tosco ídolo de madera. Tales eran los objetos que con más frecuencia se encontraban junto a los plebeyos muertos de la costa, enterrados a veces en fosas tan poco profundas que a menudo los vientos los exponían y los terremotos los lanzaban a la luz del día.

Para utilizar la tierra arable, los antiguos habitantes solían apilar en grandes montones las piedras que obstruían el terreno. A fin de no invadir las áreas de cultivo, a menudo depositaban en ellos a sus humildes muertos. Millares de tales montones de piedras se esparcen por los llanos cercanos a Lima y por los valles del Rímac y el Chillón. En uno de ellos encontré el cuerpo reseco de uno de los antiguos labradores. De cuclillas entre las piedras, solo, envuelto en telas rústicas, con algunas vainas de habas y mazorcas de maíz apretadas entre su pecho y rodillas, daba testimonio de que las diferencias en vida, reales o adventicias, se extendían a la tumba.

A sus pies, envueltos en burda tela de algodón, había dos objetos interesantes, obviamente relacionados con sus supersticiones. El primero era una especia de ídolo o máscara, labrado en madera, semejante a los ídolos tallados traídos desde las lejanas islas del Pacífico. Tiene la cara pintada de rojo y en la parte superior y los costados orificios por los que se pasaban delgadas cuerdas, todavía en su sitio, como para amarrarlo delante de algún objeto. Una saliente debajo del mentón, al parecer destinada a encajar en un orificio, sugiere la posibilidad de que se lo llevara en la punta de una pértiga o cayado. Mide verticalmente 19 centímetros, sin contar la saliente inferior, por 18 centímetros de ancho, y ha sido audaz y libremente tallado mediante algún instrumento afilado. Es probable que las cuencas de los ojos hayan estado ocupadas por trozos ovalados de concha, similares a los que vemos en los trabajos de las islas polinesias y los pueblos de la costa de África.

Había también un cuenco de madera, de 11,4 centímetros de diámetro y casi 10 centímetros de altura, con un borde tallado de representaciones convencionales de una especie de ave que corre en torno de su canto. La superficie exterior es lisa, en tanto que el interior muestra las señales de instrumentos afilados. Estaba repleto de capas de lana de alpaca y vicuña, de diversos colores y perfectamente conservadas. Entre cada capa se habían depositado guijas, que tenían un leve parecido, un poco reforzado artesanalmente, con animales. Había fragmentos de cuarzo cristalizado y una muy buena talla de una mazorca en talco abigarrado, de 7,6 centímetros de largo y proporciones justas.
Estos objetos eran lo que, según el padre Arriaga en su raro libro sobre la "Extirpación de la idolatría en el Perú", se conoce con el nombre de canopas, las deidades del hogar o lares de los antiguos habitantes.
Se nos dice que "las más estimadas entre éstas eran la piedra bezoar (quicu) y pequeños cristales de cuarzo (guispi)". Las tallas en piedra a imitación de mazorcas se mencionan especialmente bajo el nombre de zaramama".

Ephraim George Squier
"Peru: Incidencias de Viaje y Exploración en la Tierra de los Incas"