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Este investigador tenaz es una  de las personas mas versadas en los temas de historia y arqueología del distrito de Carabayllo, no solo ha estudiado profundamente la historia peruana del valle del río Chillón, sino que ha recorrido una y otra vez toda la zona rural de nuestro extenso distrito ubicando la mayoría de los restos arqueológicos que aún existen.

El Mag. Raúl Ramirez Tarazona actualmente se dedica a realizar trabajos de investigación y asesoría en la preparación de tesis, además está a cargo del Museo Rural de Carabayllo ubicado en la Hacienda Punchauca - Carabayllo.

Web site: www.museo.carabayllo.net   Tel. 793-5123

Entrevistado en varias oportunidades por los medios de comunicación, a continuación transcribimos un artículo que el Diario La República publicó sobre él. 

 

Historia chillona

 

Escribe JORGE LOAYZA

Este hombre tiene una pasión subterránea. Hace varias décadas Raúl Ramírez se propuso encontrar las raíces del norte de Lima escarbando toneladas de tierra. Donde hay cerros ve fortalezas y huacas. En lugar de barrios mira culturas. Para él las cerámicas no son adornos sino objetos de estudio que coge con la misma delicadeza que una bomba a punto de explotar. Es un profesor de historia a quien desde su edad de piedra la vida le enseñó a convertirse en un "cachinero" de la cultura.
Por eso, en lugar de comprar fierros, catres y botellas, recolecta huacos, piezas coloniales y libros antiguos. Ahora cocina la creación de su primer museo popular entre verdes aromas a lechugas, maíces y cebollitas japonesas. Dice que el valle del Chillón reclama una zona donde sus pobladores puedan conocer su pasado.

LA PRIMERA PIEDRA


El profesor Raúl Ramírez llegó a Collique -Comas- en el año 66, cuando tenía cinco años de edad y sus juguetes iniciales fueron las piedras. Lo primero que le impresionó fue la enorme cantidad de objetos líticos que podía encontrar en el lugar. De pequeño ya juntaba piedras y formaba el cuerpo de Atahualpa. Y se quejaba ante su mamá de que hacía mucho tiempo no había visto a Francisco Pizarro.
Pero lo que le impactó como una pedrada en la cabeza fue la fortaleza de Collique. Desde entonces no dejó de caminar por todos los sitios arqueológicos para conocerlos y recoger algunas piezas tiradas en los alrededores. Recuerda que, en secundaria, su profesor de historia le dijo que los Chimú habían llegado hasta Carabayllo. Lo primero que hizo después de clase fue tomar un micro para confirmar la versión, pero en vez de encontrar fortalezas de piedras sólo vio casas de ladrillo iguales a las de su barrio. Entonces se dio cuenta de que era necesario trabajar bajo tierra.
Pero también leer más sobre el pasado. Antes de acabar la secundaria leyó la historia de la guerra con Chile escrita por Gustavo Pons Muzzo. Lo leía hasta tres veces al año y su papá le decía que no sea tan ocioso. Raúl imaginaba las batallas e ingresaba a la historia en sus sueños. Cuenta que hace pocos días soñó que integraba la escuadra libertadora de José de San Martín y conversaba con el mismo general.


Cuando se hizo realidad su ingreso al ejército de universitarios de La Cantuta para estudiar docencia en historia, se hizo amigo del maestro Juan José Vega, quien le dejaba a su cuidado su biblioteca de más de veinte mil libros. "Ese era mi mundo", recuerda ahora. Y el doctor Vega le dijo algo que nunca olvidó: que estudie la zona donde vivía.
Desde aquella oportunidad no ha dejado de escarbar en su pasado. Cuenta con más de mil fotografías de todo el patrimonio cultural del valle del Chillón entre huacas, piezas arqueológicas, casonas coloniales y casas de hacendados.
Ha recorrido los 126 kilómetros que hay desde San Martín de Porres hasta las alturas de Canta. Caminó por lugares donde se desarrollaron ocho grupos étnicos como los Colli, los Chuquitanta, Checta y Carabayllo. Posee más de doscientas cerámicas y gran cantidad de fragmentos prehispánicos, coloniales y republicanos. Además ha recopilado mitos y leyendas de todas las zonas.

Así, sin estudiar se hizo un arqueólogo autodidacta que podía identificar cualquier pieza del valle del Chillón -poblado desde hace 14,700 años-. Donde cualquier otra persona veía montículos de tierra él descubría pirámides o huacas y recogía fragmentos de cerámica o cualquier pieza que le pareciera interesante para construir la historia del valle. Pero gran parte de las piezas también las encontraba embarradas de excremento de pollos o chanchos en los corrales de los campesinos del valle, pues es una creencia que las cerámicas sirven como protectores de la chacra y los animales. "Les decía a la gente que me las regalara bajo la promesa que algún día los exhibiría en un museo", cuenta, y dice que está a punto de cumplir el compromiso.

Y antes de que los huaqueros llegaran a las zonas arqueológicas los días previos a Semana Santa y Día de los Muertos, este buscador de objetos culturales tenía que adelantarlos. Y no sólo sobre la tierra sino que, papel en la mano, estuvo siete años en el Archivo de la Nación revisando mapas y documentos. Don Raúl dice que a pesar de que nunca ha estudiado arqueología sus conocimientos llegaron a tal nivel que participó en la clasificación del archivo de Julio C. Tello.

Pero el sueño de toda su vida nunca ha sido abrir un museo en la ciudad. Antes del cemento prefiere la madera y el campo. Por eso, hace medio año se fue a vivir con su pareja a una solitaria casa de madera -sin luz ni agua- en la hacienda de Punchauca, ubicada a la altura del kilómetro 25 de la carretera a Canta, rodeado de sembríos de hierbabuena, lechugas, maíces y un establo.
Vive cerca de la casona que sirvió para la reunión del general San Martín y el virrey La Serna para decidir el futuro de la naciente república peruana. Y es a esa misma casona -hoy convertida en baño público- que le ha diseñado un plan de restauración que quizá nunca se realice por la falta de apoyo económico.


Con los años su labor se ha vuelto tan conocida que muchos prefieren entregarle piezas arqueológicas con la esperanza que algún día sean exhibidas en el museo y centro cultural con más de dos mil títulos -muchos de ellos joyitas- que piensa construir en medio de una chacra, pero otros creen que es un loco que recoge cualquier objeto antiguo. Una vecina, cada vez que lo ve, le grita si ya encontró el excremento del caballo de José de San Martín.


Pero don Raúl se limpia de la ignorancia con los libros de su biblioteca que en gran parte tratan sobre estudios del valle como el libro de Katia Lumbreras, desaparecida hija del actual director del INC, Luis Guillermo Lumbreras.
De Lumbreras, a Raúl se le quedó por siempre una interrogante planteada en un artículo publicado hace décadas: ¿Museos para el pueblo o para las elites?
En esa oportunidad prometió que algún día instalaría un museo en el cono norte para que los pobladores sepan que debajo de los discotequeros bulevares, grandes centros comerciales y pistas maltratadas por miles de combis, muchos años atrás vivieron otras personas.


Por eso, dentro de poco empezará a fichar todas sus piezas para registrarlas ante el INC. Entre sus tesoros no sólo están las cerámicas sino objetos tan curiosos: sandalias y tejidos preíncas, cráneos, monedas de algunas de las 30 casas haciendas que existieron en el valle y piezas curiosas de la república que logró comprar en la "Cachina" de La Parada.

Fuente: Diario La República (7/12/2003)