Historia
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Carabayllo, Gerstacker Friedrich

Fiedrich Gerstacker (1816-1872)


Viajero, aventurero, escritor y político alemán, llego al Perú a fines de 1860, cuando gobernaba el país Ramón Castilla y la esclavitud había sido ya abolida, al retornar de su viaje logra entrevistarse con el presidente.

El objetivo de esta travesía era la visita a la colonia de Pozuzo a fin de investigar sobre el terreno la realidad en que estos vivían. No obstante la época desfavorable de lluvias y los malos augurios de las autoridades y conocedores del país en cuanto a la factibilidad del viaje, Gerstácker salió de Lima con destino al interior del país, a fines de diciembre de 1860 siguiendo la ruta del valle de Chillón, Macas, Obrajillo, Huayay y Cerro de Pasco.

A continuación el relato de su paso por Carabayllo y Canta en 1960, rumbo a la colonia del Pozuzo.

 

Viaje por el Perú (1860)
Fiedrich Gerstacker (1816-1872)

(fragmento: su paso por el Valle del Chillón hasta Obrajillo)


Viaje de Ida


El valle por el que yo iba ascendiendo se mostraba pelado y seco a ambos lados de la corriente. Descubrí una gran cantidad de cercas construidas con piedras superpuestas, lo cual me hizo reflexionar por qué permitió Dios que los hombres levantasen con visible trabajo y esfuerzo estos muros que encerraban una gran cantidad de lugares en los que ni siquiera temblaba la punta de una paja.

En el "invierno" deben de tener estos cerros, en todo caso, una vista más agradable pues aunque aquí casi nunca llueve en realidad, cae de tiempo en tiempo una fina llovizna como se me dijo, la que junto con el rocío de la noche, estimula a la hierba en su seco suelo y cubre las laderas con un verde transparente y empañado. Es posible que estos cercos se conviertan en prados, en los cuales puedan distraer su hambre las bestias, siquiera por corto tiempo. Es evidente, por lo demás, que estos parajes, mediante un poco de trabajo de irrigación, podrían valorizarse grandemente, porque en estas mismas laderas secas no falta completamente el agua. Brotan allí una cantidad de fuentes, y hasta el mismo río o torrentera tiene suficientes cascadas como para conducir el agua a diversos sitios.

Pasé por algunas haciendas que beneficiadas por fuentes y por el mismo Chillón producían plátanos, naranjas, plantas forrajeras y caña de azúcar. El suelo es, en primer lugar lo suficientemente fértil como para producir excelente verdura, siendo los alemanes los que generalmente la cultivan. Un poco más arriba se va estrechando el valle más y más. La faja de tierra regada por el agua se hace cada vez más estrecha, hasta que como una cinta sigue el curso paralelo a la corriente del río en tanto que a la derecha y a la izquierda se destacan desnudas y peladas las alturas triste y salvajemente contra el cielo azul, desprendiéndose de esos eriales calcinados un calor asfixiante. No habiendo en el camino ningún árbol que protegiera de los rayos del sol, era muy poco agradable cabalgar por él, y sólo a la entrada de la noche se sentía fresco suficiente como para estimular a mi caballo para que trotase con paso más ligero. Antes de la caída de la noche llegué finalmente al puente sobre el Chillón, que fluía allí con demasiado brío como para que pudiera pasarlo a caballo. Al otro lado había una hacienda, Macas, donde yo podía pernoctar, y donde encontré por lo menos una buena cama, como para reposar de las molestias del primer día.

En el puente, un chino me cobró derecho de pontazgo y desde allí vi que junto a la hacienda había una cantidad de chozas bajas y sucias construidas con esteras, en las que los chinos hormigueaban. Al pedir informes, me dijo el mayordomo (pues el propietario vivía en Lima o por lo menos no se encontraba allí), que estos chinos llamados coolíes estaban obligados por un contrato de ocho años, después de los cuales recobraban su libertad, bien sea para comenzar algo para sí mismos o para contratarse nuevamente. Los mencionados habían cumplido ya cinco años de su tiempo, habiéndonos asegurado el hombre "que estaba satisfecho de su trabajo".

De Macas hasta donde había tenido un camino relativamente plano salí en la madrugada del día siguiente, habiendo llegado pronto al terreno propiamente montañoso del país. El Chillón tiene un descenso extraordinariamente fuerte, que no con poca frecuencia se descompone en pequeñas caídas de agua. El valle se estrecha, por añadidura, cada vez más y más, llegando las rocas hasta el mismo lecho del río, escarpada y perpendicularmente. Junto a Macas, en la orilla derecha del río y a una regular altura sobre el cerro, en un lugar yermo, de paredes peladas e infértiles, se extiende una antigua ciudadela indígena, que tiene la apariencia de un fantasma. Los muros parecen ser de barro, según pude apreciar a la distancia; y a pesar de que los techos estaban carcomidos y deshechos desde hace tiempo, han resistida a los años en una zona en que nunca llueve; y es así como sus ventanas en forma de ojos siguen mirando fija y extrañamente desde su oscura concavidad, en la que muchos y muchos años hace que no hay un ser viviente, a los viajeros que pasan por abajo, cerca de sus paredes blancas y vacías. Todavía puede reconocerse el antiguo mercado, así como los restos de una iglesia Levantada probablemente por los españoles, aunque ya nadie pone el pie en aquellas plazas y calles públicas y ninguna cabeza se inclina en esa iglesia ante el desconocido advenedizo y temible Dios, cuyo nombre está rodeado de sangre y de espanto. Los pálidos y pelados murallones que arrojan cierto resplandor desde arriba, se me antojaron ser un gigantesco esqueleto que se consumiese al sol, en lo alto.

Pero no hay como entregarse en estos caminos a muchas meditaciones pues uno está más bien obligado a tener mucho ojo con el sendero, que desde entonces sube escarpadamente a ratos, o baja profundamente, exactamente como el mismo terreno se ha levantado loca y salvajemente a las alturas o venido abajo a las profundidades.

Cada vez se hace más angosta la quebrada, pero de trecho en trecho se muestran campos cultivados y fértiles, siendo especialmente abundantes en ellos la alfalfa, que es el forraje de los animales. También encontré en las vecindades maíz y papas, al dejar detrás de mí el clima tropical. Por lo demás, me había propuesto alcanzar Obrajillo, un pueblo grande distante catorce leguas de Macas, a fin de llegar a un buen lugar, pero cayó la noche cuando el camino ascendía empinadamente junto al río. Aquí forma el Chillón una cadena de cascadas, y resulta maravilloso ver cómo se precipitan borbollantes y espumosas las ondas desde las oscuras sombras de las peñas, yendo a hervir y burbujear en los profundos calderos. El sendero se torna allí estrecho y brusco, debiendo caminar mi bestia media hora seguida únicamente sobre pedazos de rocas y hasta trepando por éstas, Para ello tienen las mulas un excelente instinto en el cual puede uno confiar, pues mientras menos se use el freno, mejor caminan ellas. Llegaron a dar las nueve antes de que alcanzara la ciudad (Obrajillo), fue difícil conseguir alojamiento para mí y forraje para mi bestia. En realidad, no era cosa de pensar en una cama, habiendo tenido que dormir en la noche -como muchas veces me ocurrió en mi vida-, apoyando la cabeza en la montura y envuelto en mi poncho.

El siguiente día vino a ofrecerme un paraje más alegre, la corriente impetuosa parecía haber proporcionado el suficiente vapor como para mantener húmedo y fértil el suelo de la quebrada. Verdad es que se me dijo que aquí llovía con frecuencia. Tenía detrás de mí las secas y áridas lomas de la costa peruana y esperaba encontrar por lo menos verdes laderas. Nada hay m triste que cabalgar a través de una tierra árida. En efecto, los cerros estaban aquí cubiertos por matorrales verdes llenos de flores y hasta en el mismo camino se encontraban los atrayentes y olorosos arbustos de heliotropos (vainillas) que difundían su aroma en la fresca brisa de la mañana. Preciosos colibríes de rojo púrpura y de verde e increíble pequeñez, vibraban y zumbaban en los breñales de las orillas del torrente mientras pajaritos preciosos y variopintos ensayaban en vano acordar una orquesta. Las aves de América tienen colores supremos, aunque son muy pocas las que realmente cantan.

Crece en abundancia alfalfa, maíz y papas pero permanecen limitados al estrecho valle, Los vecinos han osado establecer verdaderos campos de cultivo sólo de trecho en trecho, en lo alto de las laderas, que aparecen verdes y fértiles. Al anochecer, me adelanté a un arriero que iba rumbo a Cerro de Pasco con sus bestias de carga y también a Huánuco.


Paso por el valle a su retorno a Lima


Esta vez pasé perfectamente bien la cordillera, con tiempo favorable mucho mejor que ni nula, a la que, en a altura, le salió alguna sangre por los aliares, que la hizo estornudar espantosamente. Hube de bajarme, naturalmente, y la fui guiando, con lo que pareció reponerse muy pronto. ¡Qué solitaria cabalgata por encima de estos cerros! ¡Qué muerto, qué desierto todo lo que está en torno del viajero! ¡Y cuánto, cuánto tiempo he pasado ya en estas extendidas, frías y desconsoladoras punas! Me vino una verdadera nostalgia por los verdes sotos y flores, y marchó valientemente, a fin de llegar a la vertiente occidental de la cordillera, desde la cual, el camino conduce directa e ininterrumpidamente a través de tierras calientes, Hasta mi mula pareció presentir que íbamos al encuentro de mejores alimentos, puesto que se dejó conducir mucho mejor que antes, habiendo alcanzado pronto, las lagunas que están engastadas entre los picos dejamos detrás de nosotros la nieve de los altas y escarpadas picachos con su aire ralo y con todo ello, las fuentes del Amazonas, Pero no me despedí de ellos con tristeza les llamé todavía n un saludo que debían llevarle al viejo Océano Atlántico a nombre mío: recogí para recuerdo del lugar un par de flores andinas que crecen a 16.000 pies de altura y seguí, alegre ya el camino que va valle abajo.

No bien había avanzado unos cien pasos, encontré a un viejo conocido: el joven Chillón, que aquí salta como una pequeña fuente borboteante, brotada de las peñas, y promete acompañarme fielmente hasta Lima- Detrás de mi, los ariscos cerros me enviaron todavía, un saludo de granizo y lluvia: pero eso no duró mucho tiempo, el cielo volvió a despejarse y rápidamente me fui aproximando a la zona templada, dando la espalda a la fría.

Qué curiosa y agradable sensación, la de descender de una altura tan fría después de tanto tiempo y observar el lento crecimiento de la vegetación, el aumento de la cual se puede constatar a cada cien pasos. Aquí se hace visible una florecilla vivaz y colorida, que hacía tiempo no la había visto; allá un arbusto que empujado por las corrientes del viento, había buscado defensa en un roquedo. El pasto se va volviendo cada vez más verde y alto y grandes ramilletes de amarillos narcisos se descuelgan de repente hacia un lado del camino. Y siempre algo nuevo viene a manifestarse: pequeños pájaros se atreven a acercarse aisladamente y trinan lindamente con su sencillo y puro cantar. El que más me alegra entre ellos, es un pequeño y encantador pájaro cartero sajón, de color amarillo con azules pintas, que durante un largo espacio me vino siguiendo, como si yo le interesara tanto como él a mi.

Ahora va serpenteando la senda rumbo al río, y allí donde las aguas pudieron humedecer el suelo, y donde la profunda garganta protege de los crudos vientos de los nevados, brotaba ufanamente el verde, cada vez más alto, de tal manera que en corto tiempo las ramas de los sauces rozaban el sombrero, mostrando troncas más fuertes y más llenos, Aquí comienza el hombre a extraer alimentos del suelo. La papa se presenta siempre como el primer fruto, comienza en pequeños campos cuadriculados, donde el terreno estrecho permite el primer cultivo; le siguen fajas delgadas de alfalfa, que es el forraje, y poco a paco se encuentra uno con las puntiagudas hojas del maíz, que en la botánica constituye el eslabón de unión entre la zona templada y la tropical, llegando más tarde a mezclar sus campos con los de la caña de azúcar. Ahora ya no hay que temer al frío: ya no hay ninguna ventisca y ninguna granizada y hasta la mula misma trata con más rapidez por donde el camino se lo permite y sabe que en la noche, encontrará un dulce y buen alimento.

Por todas partes se encuentra en el camino, ruinas de los antiguos indios y de desaparecidas ciudades desnudos muros de piedra con tejados y paredes hundidos que algunas veces, por su gran extensión anuncian aldeas de densa población. Sus habitantes debieron haber sido más activos que los de hoy, de lo contrarío, les habría costado mucho trabajo extraer de los cerros secos el suficiente alimento, En otra época vivían miles en estos valles que ahora están casi desiertos, no pudiéndose decir siquiera que ellos exterminaron los cultivos para dar lugar a un pueblo más activo y más piadoso. Nada tenía que hacer la agricultura con los robos y asesinatos que trajeron los primeros conquistadores al caer sobre este pobre país. Sólo era su ambición de oro lo que ocultaban en su Biblia que mostraban a esos infelices, y detrás de ella, el puñal y la espada para hundírselos en el corazón.

Pernocté esa noche en Obrajillo, lugar en que yo me adelanté a la escolta de la plata de Cerro de Pasco. Las imponentes barras fueron estivadas en una de las pequeñas casas, provistas para este caso de fuertes rejas de hierro. Hacían guardia los empleados señalados, y delante de la puerta había un grupo militar con sus pantalones rojos y sus caras sucias, para la protección. No se tiene confianza en el camino, en esas despiertas gentes, teniendo necesidad cada uno de mucha cautela para guardar con seguridad la plata, para cuya segura colocación es usada bastante bien la plata por vías legales naturalmente.

Saliendo muy temprano de la pequeña aldea, desde donde sigue la senda, tan empinada y bruscamente como la corriente del cerro, llegué yo no sólo a la zona de vegetación exuberante, que flanquea el río, sino más afuera, hasta donde cesa completamente en el camino a Lima y donde llueve poco, de manera que los matorrales crecen pegados al río, Sólo allí, donde se dilata el valle, se encuentran alegres campos verdes, que son dominados por las peladas y desnudas alturas. Ese día vi una cantidad de cóndores, que circunvolaban por las cimas elevadas de la vecindad. Llegué a contar una vez hasta ocho juntos en un mismo lugar, pero permanecían demasiado alto como para que pudiera alcanzarles con una bala, Para cazar no se encuentra aquí nada: ningún ser vivo puede conservarse en los pelados cerros y al ver estas desoladas extensiones, se tiene un sentimiento particular de desconsuelo, pues son, bajo el sol, como cosas secas y muertas: cerros-cadáveres.

 

Artículo de Carlos Santana Aguilar